Libros malos para niños buenos
Algunas ideas y unos cuantos libros para hablar de cosas que pasan en la lij

Internet se ha convertido en una enorme escuela para idiotas: los adultos bailan, cantan y juegan como si no hubieran crecido; hacen el tonto frente a la cámara, se ríen cuando alguien se cae o tropieza, beben de unas botellas que parecen biberones y nos dicen que enfermaremos si no comemos bien. Luego está la parte de trucos y recetas con esas fórmulas ridículas de “¿a qué edad te enteraste?” “¡Tardé treinta años en saber esto!”. Seguidamente las cositas creativas: una de las más geniales que he visto fue una muchacha que nos recomendaba ahorrarnos el dinero de un secador con difusor para usar… el colador de pasta. No pienso hablar de todos los consejos para rejuvenecer con esas narrativas infantiles (“magic repair”, etc.), y practicar la halterofilia con ochenta y dos años.
Francesco M. Cantaluccio en su libro titulado Inmadurez (Siruela), dice:
Por lo general, los pequeños se comportan como mayores (a menudo son obligados a abandonar la infancia antes de hora) y los viejos como niños. Se han dejado de lado todas las formas que clasificaban las diversas edades de la vida (y que permitían por tanto, conscientemente, también transgredirlas). En vez de individuos maduros se presentan extraños monicacos: adultos monstruosos que nunca han crecido y que se toman la vida como un gran juego, una parodia de las diversiones de los más pequeños.
En este escenario ¿qué está ocurriendo con la literatura infantil? He estado como jurado en dos premios de libro ilustrado y, mientras descartaba (y descartaba) los tantos libros y proyectos presentados, tomé nota de algunas cosas sobre qué circula por la cabeza de los nuevos creadores. El mar que dice “¡No me ensucies más!”; la suerte que tiene el protagonista (pensamiento positivo); gatos que no hacen nada (como siempre); hacer “equipo familiar” por la llegada de un hermanito (vaya plan); abuelitos o abuelitas con problemas o fantasía desbordada (que es lo mismo); versiones descafeinadas de Donde viven los monstruos (basta de monstruos, por favor); mensajes planos y obvios como que hay que ayudar y aceptar; muchos diminutivos; y la naturaleza, siempre generosa. En definitiva: libros malos para niños buenos. Es como si el Kurtz de El corazón de las tinieblas siguiera vivo con su instructivo manuscrito encargado por la Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes.
La cita de esta frase no es mía, es de la grandísima editora norteamericana Ursula Nordstrom refiriéndose a la producción habitual de los años cincuenta llena de libros espantosos con mensajes para educar. Ella le dio la vuelta y en su catálogo trabajó para hacer libros buenos para niños malos. La idea del niño malo de esta editora era aquel que tenía sus propias ideas sobre cómo ser y comportarse, un ser independiente que tomaba decisiones más allá de las advertencias de los adultos y, sobre todo, con una poderosa imaginación.
Los libros que se hacen hoy en día para los pequeños están contagiados de eso que hoy se llama “crianza helicóptero” donde los padres sobreprotegen y controlan a sus hijos. Este control aparece también en la lij: en el premiado ¡Malacatú! de María Pascual de la Torre (abuenpaso) una madre juega con su hijo en la cocina: la diversión consiste en decir palabras sin sentido con alguna fórmula que transforma la apariencia del otro hasta que la madre queda convertida en un bebé y el niño en su padre. En el recientemente publicado El nogal de Gonzalo Moure con ilustraciones de Arazi Mesanza (Akiara Books), una niña, una mujer y un hombre consiguen rescatar un nogal tumbado por el viento y la edad. En Otto y Pincho de Uxúe Juárez y Neus Caamaño (abuenpaso), el niño protagonista, que quiere cuidar y abrazar a su cactus para que le dé una flor, está todo el tiempo pensando en lo que dijo la maestra, lo que le dijo su mamá, lo que le dice su abuela. Es cierto que el plan para rescatar al cactus del invernadero donde lo ha metido la abuela lo hace junto a su mejor amiga, pero el helicóptero sigue por ahí.
En el premiado (donde estuve de jurado, ejem), Bim Bam Bum de María Girón (Kalandraka), los pequeños buscan una figura adulta o joven para que los acompañe a la playa. Desde luego era el libro más juguetón, alegre e infantil de los que se presentaron, pero no dejaron a los niños sueltos. En No es una pantera de Cristina Pieropán (Ekaré), la niña protagonista desea con todo su corazón una pantera como mascota: los adultos, para quitarle la idea, le van regalando otras mascotas para que desista, lo que ocurre finalmente. Es un deseo infantil, pero fuertemente controlado por los mayores.
Recuerdo con nostalgia libros donde el mundo infantil se presentaba sin ninguna intervención adulta. Harold y el lápiz morado, de Crocket Johnson (ediciones Jaguar) presenta a un niño absolutamente a su aire que tiene un lápiz morado con el que va dibujando el mundo que quiere según se le antoja: él mismo se mete en líos de los que sale airoso, como haber dibujado por error el mar o no encontrar la ventana de su casa para irse a dormir. La imaginación infantil en estado puro. Sin mensajes. Un niño creando y encontrando su propio camino. Sendak sabía mucho de esto. Otro libro de Johnson que acaba de publicarse es Ellen y el león (Wonder Ponder) donde la pequeña protagonista comparte con los lectores doce historias en las que está en su habitación, con su león de peluche. Habla con él, juegan a los roles, se disfraza, juega con un trenecito, canta… hace como que el león es de verdad y éste es un compañero de juegos, un confidente, un disparador del imaginario. Leyendo estas historias nos parece ver a esos niños ya en desuso que están a su aire en su cuarto, inmersos en un mundo inaccesible para nosotros.
También recordé el libro que acaba de reeditar Babulinka: ¡Adiós, chiquitín! de Janet & Allan Ahlberg donde un pequeño vive solo porque no tiene mamá: se cambia él solo el pañal, cocina, friega y una noche se siente tan cansado que decide salir en busca de una mamá. Numerosos personajes le acompañan en su búsqueda, cada uno con sus propias necesidades, y finalmente, después de encontrar primero un abuelo, lo consigue. Es más, el abuelo le cuenta el cuento de un pequeñín que ¡no tenía papá! y volvemos a empezar otro viaje.
Quizás la autora contemporánea que más se acerca a esta idea de “niño malo” sea Beatrice Allemagna. En Un gran día de nada (Combel), un pequeño que está en una cabaña con su ocupada mamá, mientras él juega con su maquinita, sale a dar una vuelta por el bosque y el descubrimiento del mismo, las posibilidades de juegos, sorpresas y aventuras, así como una conexión especial con el padre ausente, convierten ese día en “un gran día de nada”. En Su alteza Lodo Princesa de Barro (abuenpaso) elimina cualquier rastro de adultos con esa pequeña que es recogida cada día después del cole por su indiferente hermano mayor. La pequeña, furiosa, tira las llaves por una alcantarilla donde entra arrepentida para encontrar un mundo de lodo y barro en el que se mezclan la rabia y el olvido mientras duda en regresar. Su hermano descenderá para rescatarla (¿no suena un poco a El túnel de Anthony Browne?). Sea como sea, el viaje individual tiene su gran recompensa. Marta Comín también se acerca a un mundo sin adultos con El camino generoso (abuenpaso) en el que el protagonista va por el mundo descubriendo una naturaleza buena (ejem) que le ayuda en su recorrido hasta que tiene la oportunidad de devolver esa bondad con un gesto.
En definitiva, necesitamos más libros buenos para niños malos, libros que estén a favor de sus impulsos y rebeldías sin la tentación de corregirlos. Libros sin más mensaje que el de todo vale en tu reino infantil, libros donde los adultos dejen a los pequeños en paz y puedan recordar su propia infancia, llena de juegos solitarios, frustraciones, deseos y alegrías. Libros que permitan a la infancia ser infancia para no crecer fuera de tiempo y volver a ella cuando son adultos. Cierro con una cita de Milan Kundera escrita en el libro de Cantaluccio:
Los niños no son el porvenir porque un día vayan a ser adultos, sino porque la humanidad se aproxima cada vez más a ellos, porque la infancia es la imagen del porvenir.
¡Gracias por leerme! ¡Hasta el mes que viene!



¿Sabes qué pasa, Ana? Que esos libros buenos para niños malos ya están escritos, pero no se publican. ¿Cómo vamos a llegar a los lectores si no hay editoriales que apuesten por nosotros, los escritores rebeldes?
Buenos días: Creo que una autora que escribe "libros buenos para niños malos" es Isol, con títulos como "El globo", "Vida de perros", "Cosas que pasan". Saludos desde Buenos Aires